IMAGINA
Aquel día normal en su vida,
solía levantarse muy temprano para ir a la escuela, haciendo siempre lo mismo,
sentada en esa butaca incomoda, mirando el reloj de su muñeca izquierda con inquietud
y escuchando las palabras que emanaban de la boca de Jacinto, el profesor de biología, que en
realidad era el profesor más flojo y holgazán que había tenido, se notaba en su
forma desganada de caminar, como matando el tiempo recorriendo el camino hacia
el salón de clases, a ella nunca le pasaba algo interesante, nada era nuevo
hasta la ropa y el estilo desalineado que la hacían ver una chica común y
corriente, aunque tenía un hermoso cabello, una piel blanca que hacía resaltar
el color miel de sus ojos y que decir de sus pies, pues tenía una gran
habilidad de interpretar cualquier melodía con ellos, de esta manera día tras día
era la misma rutina.
La semana había pasado muy rápido y ya era
viernes, asistiría a una gran fiesta, estaba muy emocionada por la idea de
encontrarse con viejos amigos que desde hacía casi un año no veía, pero jamás
imaginó lo que sucedería en ese ambiente de euforia por la noche, rodeada de
alcohol, música, bailes, risas, llantos e invadida por una rara sensación de
perder el control de sus movimientos y su lenguaje, todo estaba fuera de
control, así era la fiesta perfecta que cualquier adolescente desearía tener
hasta perder la conciencia y la noción del tiempo, dejándose llevar por un
momento de locura y goce entre tanto alboroto, de pronto se cruzó con ese misterioso chico que paseaba
por la pista de baile, no lo había visto antes, y se preguntaba cómo es que
había llegado ahí con sus amigos, pero era inevitable admirar sus hermosos ojos
que hacían que fuera posible embriagarse de su calidez única, era alto,
delgado, con un cabello tan negro como un cuervo, no pasaba de los 23 años se
miraron, como si se hubiesen conocido tiempo atrás, todo parecía tener sentido,
solo eso convirtió ese instante en lo mejor que podría haber experimentado en
su corta vida. Entre bailes y bailes se acercaban más y más sintiendo esa
atracción como el metal al imán. Al otro
día no recordaba concretamente lo que sucedió esa noche, solo existían vagos
recuerdos y ese incomodo dolor de cabeza que hace no querer pensar en otra cosa
más que postrarse en una cama hasta pasar el efecto, a pesar de su malestar,
ella recordaba claramente su nombre, Eduardo. Con el que había pasado el resto
del día juntos compartiendo anécdotas chuscas sobre la escuela, reían y
divertían sin parar que hasta se olvidaron de la horrible resaca y del clima
tan caluroso que hacia arder sus cuerpos, ella no podía creer que por primera
vez, un chico como el, la haya volteado a ver, parecía que le interesaba,
parecía que le gustaba.
El tiempo pasó tan rápido, y
tuvieron que despedirse, no sentían tristeza, sino felicidad por haber
disfrutado con una persona interesante lo que tal vez no era rescatable, pero
con esa inquietud de querer saber más, apenas se conocían y no dejaban de
pensar el uno en el otro, intercambiaron números de teléfono, se dieron un
abrazo y mientras sucedía Eduardo muy tiernamente le susurraba al oído, me gustas.
Regresó a casa por la noche
y recordaba lo bueno que la había pasado con él, los días pasaban y ninguno de
los dos se atrevía a tomar el teléfono para marcarle al otro. De pronto sin
esperarlo sonó el teléfono, era Eduardo, su corazón latía tan rápido y con
tanta fuerza que casi se le sale del pecho, las manos le temblaban, sus
mejillas se sonrojaban, ahí estaban, tan lejos pero a la vez tan cerca,
escuchando su voz e imaginándose cómo podrían verse o lo que sentían en ese
instante, los días pasaban, las llamadas eran más frecuentes, las emociones más
intensas, así durante nueve meses, con la esperanza de estar frente a frente
otra vez, enamorándose de aquel hermoso cantar que endulzaba sus oídos.
Llegó el momento de
encontrarse por segunda vez, ella esperaba ansiosamente en la plaza central
tronándose los dedos, pensando en lo que diría al verlo, cómo lo saludaría o
qué sentiría, estaba muy nerviosa, giro su rostro al lado derecho, Eduardo
estaba ahí, parado con un chaleco rojo nada usual para el lugar, con una
mochila al hombro, y con la misma mirada embriagante de esa noche, algo
inexplicable paso, nada que pueda describirse, como ese momento tan anhelado
por tanto tiempo que solo se tienen recuerdos abstractos, difícil de decir con
palabras pero fácil de sentir, como en el preciso instante que Eduardo se
acercó lentamente a ella cerrando los ojos, rozando suavemente sus labios con
gran delicadeza, que nunca antes sintió, al parecer el destino jugaba con ella,
cosa que no le importaba si perdía o ganaba, pues por primera vez se sentía
especial para alguien.
Como solía pasar, el tiempo
se esfumaba y tenían que separarse nuevamente, pero esta vez con algo de
tristeza, observaba con atención el rostro de Eduardo, lentamente rodó una
lagrima por su mejilla, se dijeron un te quiero y se dieron un beso con sabor
hasta pronto. Ella miraba como se alejaba cada segundo quedándose parada recordando
la textura de su piel que era como tocar el cielo con sus manos.
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